martes 13 de abril de 2010

La belleza de una vida perra

Aún estaba en el quirófano. Todo había ido bien... aparentemente.

Cuando comenzó a volver en sí, medio dormida por la anestesia, no reconocía a sus crías; las daba de lado. Eran como extraños; extraños limpios de placenta, bajo el manto seguro de una manta blanca. Cuando empezó a volver a andar, a recuperarse del todo, la historia seguía igual. No quería a sus propios cachorros.

Al parecer era algo normal, puesto que las perras no reconocen a sus hijos si estos, por cualquier complicación, han nacido por cesárea.

Resultaba altamente triste ver como le resultaban indiferentes sus hijos, sus propios hijos.

Los dueños de los perros se dedicaron a darles, durante toda una semana, de beber con biberón a los cachorros, cada dos horas, durante el día y la noche.

Sí, bien es cierto que la leche de los biberones no contenían el tan necesario calostro de la madre que necesitaban los perrillos para formarse en condiciones, pero aquello era mejor que nada.

Una noche, en la que llovía como en el día del diluvio, el propietario de los canes, justó después de levantarse para amamantarlos, se escandalizó al ver que, de repente, sin ningún motivo aparente, una de las crías se puso a llorar. Cuando llegó al pequeño cesto donde estaban las criaturitas, muy bien abrigadas, se le llenaron los ojos de lágrimas. Aquello no podía ser cierto. ¿Cómo pudo ocurrir? No lo pudo evitar, tenía que avisar a su esposa, pese a que eso la cabrease, puesto que le tocaban aún dos horas más de sueño hasta que fuese su turno de darles sustento a los pequeños canes.

- ¡Mari, Mari! ¡Los cachorros!

- ¿Qué...? ¿Qué pasa?

- No te lo vas a creer, ¡es un milagro!

No podían dar crédito. Estaban contemplando la imagen más bonita de sus vidas; la madre de las crías estaba acurrucándolas.

Los lloros y llantos de su cría la hicieron recuperar el instinto animal.

Mari y Albert se fundieron en un gran abrazo, mezclado con miles de lágrimas de felicidad.

4 personas han sentenciado:

LA CASA ENCENDIDA dijo...

Vecinillo, es que el instinto maternal es mu grande y eso te lo dice una madraza como la copa de un pino, jejeje. Muy bonito.

Si eres cocinillas, no dejes de pasarte por mi antrada anterior a la que acabas de leer. Te vas a llevar una sorpresilla y además, un regalillo.
Gracias, sí ese relato del cabrero es de los preferidos míos. Gracias por tus piropillos.

Besicos muchos.

Mita dijo...

Me gustan mucho los colores y el diseño de tu blog!
Además, he descubierto a E. Teixidor y me ha hecho gracia encontrarme una cita de Kurt Cobain...
Gracias por pasarte por mi blog, Pegaso.

Besotes

acoolgirl dijo...

Imagino que, cuando sientes la llamada... no hay más que hacer y eso es lo que le pasaría a la perrilla... que el instinto maternal le apareció así, de repente.

Un besitooo

como un viento efimero dijo...

que bonito, la verdad el instinto maternal está tanto en animales como humanos, incluso me atrevería a decir que más aun en animales, ellos no tienen maldad de por sí.
Muy bonito si señor! pasate por mi blog cuando quieras lo actualizé con un nuevo capitulo